
Y es que la epopeya y la realidad van a veces paralelas. Imaginando batallas uno se encuentra con unos bravos guerreros hispanos que en Anatolia, en la proporción de uno a diez desbarataron ejércitos, por lo que se hace creíble que sus abuelos mantuviesen a jaque a romanos, godos y moros.
Y en la época de dominación goda parece que no hubo gran control sobre los pueblos montañeses. De ahí hace una historia María Gudín que me ha parecido mejor trazada que la de García Villoslada sobre Amaya y los Vascos; si bien son culturas y épocas semejantes, con el mismo problema de fondo: la evangelización de los montañeses.
La ventaja, para mí, y el frescor de Gudín se debe en parte a que no tiene que hacer guiños nacionalistas de ninguna clase ni inventarse fantasías para justificar diferencias. La realidad es más apasionante y misteriosa. Además intuyo que sus lectores más solícitos son los sobrinos a los que nombra en la dedicatoria, si bien la buena Jana, la reina sin nombre, entre su estancia en tierra de los astures, su origen franco por parte de madre y su retorno a la tierra de los godos, requiere una buena trama y mucha imaginación para encajar en la realidad histórica donde se desarrolla la trama de la novela.
La profesión médica de la autora sirve para hacer más atrayente la figura de Enol, druida, monje celta, tutor de la princesa Clotilde, protector de Jana y persona principal entre los astures de Albión.
Creo que la novela es ideal para jóvenes, no en vano he tenido en mi mano ya la tercera edición.
Título: La reina sin nombre
Autora: María Gudín
Ediciones B, tercera edición
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